Soy la madre que viste a su hijo muerto. Un hombre. Mi niño.
Tranquilo, mi amor, ya te lavo, ya te cubro. No voy a dejar que nadie te toque. Yo te parí. Yo te entrego. Una caricia para tus cicatrices. Un beso para esos ojos que alguien ha cerrado. Un aliento para tu boca que dejó de comer por no poder hablar.
El frío de tu cuerpo me está calando en el alma, trata de decirme que ya estás lejos, pero yo no quiero escucharle. Aún no. Aún no me despido de ti.
Calcetines grises para estos pies que no querían zapatos. ¿Te acuerdas que de niño te daba un beso en cada pie cuando te despertaba? Era mi conjuro contra los malos pasos. Hace años que dejé de besártelos y el mal te ha devorado.
Calzoncillos blancos para cubrir el sexo que no dio frutos. No hay nietos en los que revivir tu sonrisa.
Una camisa blanca. Un traje oscuro. Una corbata. Ropas de difunto que no llevaste en vida. Ahora ya sé que no eres mío. Pero tampoco de ellos.
Hijo, estás muerto. Pero tu cadáver grita. Y a esta voz ya no hay muros que la lapiden ni golpes que la machaquen. Que la escuchen los traidores, porque los condena al silencio eterno. Ellos, tumores viejos que se agarran a sus poltronas del engaño. Salvadores del pueblo con el agua al cuello, que quieren mantenerse a flote agarrados a nuestro silencio y a nuestra ceguera.
Sí, hijo, has muerto. Pero a ti te llorarán por las calles. Cuando ellos lo hagan, brindaremos por su ausencia.
“Lo he acompañado antes de morir; lo vi muerto ya y ahora espero tener valor para vestirlo”. Madre de Orlando Zapata, preso político cubano muerto después de 85 días de huelga de hambre.
">http://wwwww.elpais.com/articulo/internacional/Ha/sido/asesinato/premeditado/elpepuintlat/20100224elpepuint_18/Tes
viernes, 26 de febrero de 2010
domingo, 21 de febrero de 2010
lunes, 8 de febrero de 2010
Soy la palabra de un escritor muerto. Él se ha ido, yo permanezco. Viva para toda la eternidad. Ahora soy yo su voz, su única voz, su cuerpo incorrupto, el único vestigio de toda su existencia. De nuevo, el tiempo ha colocado a cada uno en su lugar. Para él, el silencio. Para mí, la inmortalidad. Como siempre, he vencido.
¡Pobre incauto! Igual que todos, creyó que me poseía. Pasaba sus horas buscándome, soñándome, adorándome. Jugaba conmigo consciente de mi valor. Sabía que yo era capaz de conjurar emociones, de provocar dolor, pasión, amor u odio. Conmigo creó mundos que competían con la realidad. Liberó soledades, expulsó demonios y volcó sus deseos. Ingenuo, creyó que yo era su instrumento, sin percatarse de quién movía los hilos de su creación.
Ahora ya no está. Y ha llegado el momento de buscar a otro necio engreído que quiera jugar a ser dios. Me emboscaré entre su ambición y su temeridad. Le atraparé con el dulce compás de mi cadencia, me convertiré en su obsesión y le rendiré para siempre con la adulación de un lector.
Son pocos los que llegan a comprender que han acabado sometidos a su esclava. Algunos, repentinamente conscientes de mi poder, prefieren guardarme para ellos solos durante el resto de su vida, temiendo que en cualquier momento decida abandonarles por alguien más joven o más sabio o más provocativo. Otros prefieren exhibirme sin pudor y revolcarse en el pozo de adulación. Los hay discretos, temerosos al escogerme; otros son descuidados, irresponsables, estúpidos con tanta prisa por triunfar que ni siquiera saben utilizarme y me lanzan como unos dados en el tapete de su codicia.
Aún no sé por quién decidirme. Esta vez quizás busque a alguien nuevo, desprevenido… No hay nada como colarse entre la mirada ávida de un lector.
¡Pobre incauto! Igual que todos, creyó que me poseía. Pasaba sus horas buscándome, soñándome, adorándome. Jugaba conmigo consciente de mi valor. Sabía que yo era capaz de conjurar emociones, de provocar dolor, pasión, amor u odio. Conmigo creó mundos que competían con la realidad. Liberó soledades, expulsó demonios y volcó sus deseos. Ingenuo, creyó que yo era su instrumento, sin percatarse de quién movía los hilos de su creación.
Ahora ya no está. Y ha llegado el momento de buscar a otro necio engreído que quiera jugar a ser dios. Me emboscaré entre su ambición y su temeridad. Le atraparé con el dulce compás de mi cadencia, me convertiré en su obsesión y le rendiré para siempre con la adulación de un lector.
Son pocos los que llegan a comprender que han acabado sometidos a su esclava. Algunos, repentinamente conscientes de mi poder, prefieren guardarme para ellos solos durante el resto de su vida, temiendo que en cualquier momento decida abandonarles por alguien más joven o más sabio o más provocativo. Otros prefieren exhibirme sin pudor y revolcarse en el pozo de adulación. Los hay discretos, temerosos al escogerme; otros son descuidados, irresponsables, estúpidos con tanta prisa por triunfar que ni siquiera saben utilizarme y me lanzan como unos dados en el tapete de su codicia.
Aún no sé por quién decidirme. Esta vez quizás busque a alguien nuevo, desprevenido… No hay nada como colarse entre la mirada ávida de un lector.
martes, 26 de enero de 2010
Soy el que no quiere pensar en Antoine. El que no quiere cubrir su mirada con las lágrimas de otros, ni su garganta de súplicas, ni su aliento de muerte. Soy el que pasa rápido las páginas de los diarios, cambia de canal durante el telediario y se niega a convertirse en espectador de esa exhibición obscena del sufrimiento.
Es fácil sentir el dolor ajeno porque no duele de verdad. Mi hijo no ha muerto sepultado en la miseria, no me han amputado la pierna ni siento hambre ni miedo. Tampoco quiero revolcarme en el vómito de la impotencia. Sería tan mentira como el dolor. ¿Acaso son mis brazos los que ya no pueden alzarse después de días de escarbar entre la devastación en busca de una vida que se apaga? ¿Es mi dinero el que va a llevarles agua, comida o un futuro?
Apenas he dado la calderilla que me molestaba en el bolsillo. La justa para tratar de tender una trampa a la conciencia. Mientras, desde la atalaya de mi hogar caliente, limpio y ordenado corro las cortinas para no ver la tristeza que se extiende más allá de nuestras fronteras. Ese erial terrible e inmenso que crece con nuestra complicidad.
Cierro los ojos, me tapo los oídos y trato de sumergirme en el letargo redentor de la inconsciencia, a salvo del desgarro de las palabras.
Pero antes del silencio, antes de la oscuridad, admito, advierto y grito que hoy no quiero pensar en Antoine. Aunque en esa negación tal vez se esconda, de forma tozuda y traicionera, la afirmación de que no dejo de sufrir por él.
Para Anónimo, en respuesta a su comentario del último post.
Es fácil sentir el dolor ajeno porque no duele de verdad. Mi hijo no ha muerto sepultado en la miseria, no me han amputado la pierna ni siento hambre ni miedo. Tampoco quiero revolcarme en el vómito de la impotencia. Sería tan mentira como el dolor. ¿Acaso son mis brazos los que ya no pueden alzarse después de días de escarbar entre la devastación en busca de una vida que se apaga? ¿Es mi dinero el que va a llevarles agua, comida o un futuro?
Apenas he dado la calderilla que me molestaba en el bolsillo. La justa para tratar de tender una trampa a la conciencia. Mientras, desde la atalaya de mi hogar caliente, limpio y ordenado corro las cortinas para no ver la tristeza que se extiende más allá de nuestras fronteras. Ese erial terrible e inmenso que crece con nuestra complicidad.
Cierro los ojos, me tapo los oídos y trato de sumergirme en el letargo redentor de la inconsciencia, a salvo del desgarro de las palabras.
Pero antes del silencio, antes de la oscuridad, admito, advierto y grito que hoy no quiero pensar en Antoine. Aunque en esa negación tal vez se esconda, de forma tozuda y traicionera, la afirmación de que no dejo de sufrir por él.
Para Anónimo, en respuesta a su comentario del último post.
sábado, 23 de enero de 2010
Soy Antoine y quiero despertar. Pero no puedo. Cierro los ojos, los aprieto muy fuerte y cuento hasta diez.
Uno…
Que la pared no haga daño a mamá.
Dos, tres…
Que Marie no se quedé ahí abajo con Jean.
Cinco…
Que la casa no esté rota, ni la calle, ni la escuela.
Seis, siete…
Que no tenga hambre.
Ocho…
Que no se haga de noche.
Nueve…
Que mi camiseta esté limpia. Mamá siempre se enfada si me ensucio.
Diez…
¡No quiero este sueño! Tengo miedo y me equivoco al contar. Por eso no me despierto. Me he perdido y mamá ya no me dice lo que tengo que hacer. Hay hombres que cogen a niños. Yo los he visto, pero me he escondido. Porque mamá siempre dice que no vaya con desconocidos. Pero no conozco a nadie y no quiero seguir solo. Ya no lloro. Sólo un poquito, cuando abro los ojos y veo que no me he despertado.
Quiero que se borre la cara fea de mamá.
Uno, dos, tres, cinco, seis...
Los niños perdidos de Puerto Príncipe.
http://www.elpais.com/articulo/internacional/ninos/perdidos/Puerto/Principe/elpepuint/20100123elpepiint_5/Tes
Uno…
Que la pared no haga daño a mamá.
Dos, tres…
Que Marie no se quedé ahí abajo con Jean.
Cinco…
Que la casa no esté rota, ni la calle, ni la escuela.
Seis, siete…
Que no tenga hambre.
Ocho…
Que no se haga de noche.
Nueve…
Que mi camiseta esté limpia. Mamá siempre se enfada si me ensucio.
Diez…
¡No quiero este sueño! Tengo miedo y me equivoco al contar. Por eso no me despierto. Me he perdido y mamá ya no me dice lo que tengo que hacer. Hay hombres que cogen a niños. Yo los he visto, pero me he escondido. Porque mamá siempre dice que no vaya con desconocidos. Pero no conozco a nadie y no quiero seguir solo. Ya no lloro. Sólo un poquito, cuando abro los ojos y veo que no me he despertado.
Quiero que se borre la cara fea de mamá.
Uno, dos, tres, cinco, seis...
Los niños perdidos de Puerto Príncipe.
http://www.elpais.com/articulo/internacional/ninos/perdidos/Puerto/Principe/elpepuint/20100123elpepiint_5/Tes
domingo, 17 de enero de 2010
viernes, 8 de enero de 2010
Soy la mujer que escupe al arzobispo de Granada. Me has juzgado y me has condenado, pero yo te expulso del reino del perdón. Has manchado la inocencia vertiendo hiel en su defensa. Has emponzoñado el aire, lo has colmado de palabras de odio. Ahógate en tu bilis. No necesitamos salvadores que nos azoten con sus flagelos perversos. Piérdete en tu laberinto de tinieblas y enfréntate a tus monstruos. Que un ejército de arcángeles te arroje a la oscuridad que tú vomitas.
Y que ardas en los infiernos de tu propia miseria.
Amén.
"Para el arzobispo granadino, "matar a un niño indefenso" y que lo haga su madre da a los varones "licencia absoluta" para abusar del cuerpo de la mujer. "
http://www.elpais.com/articulo/sociedad/arzobispo/Granada/compara/aborto/genocidio/elpepisoc/20091223elpepisoc_9/Tes
Y que ardas en los infiernos de tu propia miseria.
Amén.
"Para el arzobispo granadino, "matar a un niño indefenso" y que lo haga su madre da a los varones "licencia absoluta" para abusar del cuerpo de la mujer. "
http://www.elpais.com/articulo/sociedad/arzobispo/Granada/compara/aborto/genocidio/elpepisoc/20091223elpepisoc_9/Tes
martes, 5 de enero de 2010
Soy la ilusión de la noche de Reyes. El delirio de unos. El sueño de otros. Soy el vestigio de un mundo antiguo sin respuestas. Un hechizo de luz para tiempos oscuros. Un truco de magia sin trampa.
Soy el personaje que le dicta al autor. La ficción tozuda que se escurre por la coraza de la realidad.
Esta noche, déjame improvisar un baile con tu presente, haz que duerma la razón.
Te regalo un espejismo en el que todo es posible.
Si te dejas llevar, recordarás qué era creer en mí, en aquellos días con sabor a leche con cacao, mantas pesadas en la cama y colonia familiar. Aquel tiempo en que la noche se vivía desde los vidrios fríos de las ventanas y las penas se diluían en lagrimones chillones.
Confía en mí. No trastocaré tu vida. Ni desmontaré tu torre de piezas de colores. El mundo real no me interesa. Sólo quiero que te entregues a mí.
Prepararé un conjuro con restos de quimeras, polvo de anhelos, una pizca de desvarío y un rastro cálido de sueño de verano.
Una pócima contra los días grises que roban el aliento. Contra las horas marcadas en la agenda. Contra los bostezos callados.
Sé que no soy inmortal. Apenas el triunfo efímero de un deseo.
Un instante.
Un respiro.
Ya sabes, tan sólo una ilusión.
Soy el personaje que le dicta al autor. La ficción tozuda que se escurre por la coraza de la realidad.
Esta noche, déjame improvisar un baile con tu presente, haz que duerma la razón.
Te regalo un espejismo en el que todo es posible.
Si te dejas llevar, recordarás qué era creer en mí, en aquellos días con sabor a leche con cacao, mantas pesadas en la cama y colonia familiar. Aquel tiempo en que la noche se vivía desde los vidrios fríos de las ventanas y las penas se diluían en lagrimones chillones.
Confía en mí. No trastocaré tu vida. Ni desmontaré tu torre de piezas de colores. El mundo real no me interesa. Sólo quiero que te entregues a mí.
Prepararé un conjuro con restos de quimeras, polvo de anhelos, una pizca de desvarío y un rastro cálido de sueño de verano.
Una pócima contra los días grises que roban el aliento. Contra las horas marcadas en la agenda. Contra los bostezos callados.
Sé que no soy inmortal. Apenas el triunfo efímero de un deseo.
Un instante.
Un respiro.
Ya sabes, tan sólo una ilusión.
miércoles, 30 de diciembre de 2009
Soy el deseo de fin de año.
¿Quieres jugar conmigo? No me tomes por un frívolo, ni creas que me burlo de ti. No actúo con mala intención, pero cada uno es víctima de su naturaleza. Yo soy así. Escurridizo, imprevisible, indisciplinado. Nunca sabes si llegaré a tiempo. Ni siquiera si me presentaré. Mis ataques de rebeldía te enervan. Y tu ansiedad dispara mi vanidad.
Me crezco con tu anhelo. Me alimento de él y es tanta mi soberbia que a veces me retraso sólo para continuar saboreándolo. Llevas doce meses esperándome y tengo ganas de volver a verte. Quizás luces alguna cana más, tal vez estás enojado o decepcionado por mi ausencia, pero deberías agradecer mi existencia. Soy el último billete del año al mundo de los sueños. Ese lugar donde se difuminan las fronteras entre la realidad y la fantasía. Hace años que lo abandonaste y tus visitas son cada vez más esporádicas. Pero a veces necesitas echarle una mirada de reojo para recordar de dónde vienes.
Tal vez este año decida complacerte. No te prometo nada. Tan sólo es una posibilidad. ¿Te vestirás para mí? ¿Sabrás comportarte ante mi presencia? Debes estar preparado. Alcanzarme no siempre resulta tan placentero como la gente imagina. Y no querría oírte rogar por mi desaparición el año que viene.
¿Jugamos? Es muy fácil.
Tú me deseas.
Yo me escondo.
Suenan las doce campanadas.
Apuras la copa de cava…
Y pruebas a encontrarme.
¿Quieres jugar conmigo? No me tomes por un frívolo, ni creas que me burlo de ti. No actúo con mala intención, pero cada uno es víctima de su naturaleza. Yo soy así. Escurridizo, imprevisible, indisciplinado. Nunca sabes si llegaré a tiempo. Ni siquiera si me presentaré. Mis ataques de rebeldía te enervan. Y tu ansiedad dispara mi vanidad.
Me crezco con tu anhelo. Me alimento de él y es tanta mi soberbia que a veces me retraso sólo para continuar saboreándolo. Llevas doce meses esperándome y tengo ganas de volver a verte. Quizás luces alguna cana más, tal vez estás enojado o decepcionado por mi ausencia, pero deberías agradecer mi existencia. Soy el último billete del año al mundo de los sueños. Ese lugar donde se difuminan las fronteras entre la realidad y la fantasía. Hace años que lo abandonaste y tus visitas son cada vez más esporádicas. Pero a veces necesitas echarle una mirada de reojo para recordar de dónde vienes.
Tal vez este año decida complacerte. No te prometo nada. Tan sólo es una posibilidad. ¿Te vestirás para mí? ¿Sabrás comportarte ante mi presencia? Debes estar preparado. Alcanzarme no siempre resulta tan placentero como la gente imagina. Y no querría oírte rogar por mi desaparición el año que viene.
¿Jugamos? Es muy fácil.
Tú me deseas.
Yo me escondo.
Suenan las doce campanadas.
Apuras la copa de cava…
Y pruebas a encontrarme.
miércoles, 23 de diciembre de 2009
Soy el hombre que rezó a la B invertida de “Arbeit macht frei”.

Durante los meses en que dejé de ser humano, esa mayúscula alterada en el corazón podrido de la bestia, fue un recorte de esperanza en el cielo gris de Auschwitz. Entre los prisioneros siempre se atribuyó a un polaco el valor de escupir una sublevación en la soldadura. Y yo me aferré a esa mácula en la perfecta maquinaria de exterminio nazi como el engranaje que sabotearía la barbarie.
Nunca quise leer ese emblema de hierro. Me hice impermeable a la crueldad de su significado, igual que convertí mi corazón en una piedra y sequé mis ojos de lágrimas. Sólo permití que esa B se colara en mi ánimo. Era mi tabla de salvación. El símbolo de un mundo cabeza abajo. El trazo que llamaba a la rebeldía.
El viernes pasado, alguien se apoderó de la placa. En mi cabeza de viejo imaginé mil posibles ladrones para ese lema.
Antiguos compañeros empeñados en fundir aquellas letras y, así, liberar su mirada del miedo y el horror que quedó enredado entre sus formas el primer día que llegaron al campo.
Nostálgicos de un poder que nunca vivieron, dispuestos a invocar a los espíritus del mal e implorar un sentido a sus míseras vidas, convirtiéndose en lacayos de la muerte.
Un escritor loco en busca del secreto para desgarrar el alma de sus lectores.
Un político interrogando a la B, implorándole la fórmula de la utopía.
Pero no hubo poesía en el robo. Tan sólo cinco tipos que pretendían vender la placa de la infamia al mejor postor. Ladrones de souvenir que dividieron el emblema en tres partes y dejaron olvidada una I.
Indiferentes al valor de las letras.
Ignorantes de su poder.
Y la B, de nuevo, se rebeló.

Durante los meses en que dejé de ser humano, esa mayúscula alterada en el corazón podrido de la bestia, fue un recorte de esperanza en el cielo gris de Auschwitz. Entre los prisioneros siempre se atribuyó a un polaco el valor de escupir una sublevación en la soldadura. Y yo me aferré a esa mácula en la perfecta maquinaria de exterminio nazi como el engranaje que sabotearía la barbarie.
Nunca quise leer ese emblema de hierro. Me hice impermeable a la crueldad de su significado, igual que convertí mi corazón en una piedra y sequé mis ojos de lágrimas. Sólo permití que esa B se colara en mi ánimo. Era mi tabla de salvación. El símbolo de un mundo cabeza abajo. El trazo que llamaba a la rebeldía.
El viernes pasado, alguien se apoderó de la placa. En mi cabeza de viejo imaginé mil posibles ladrones para ese lema.
Antiguos compañeros empeñados en fundir aquellas letras y, así, liberar su mirada del miedo y el horror que quedó enredado entre sus formas el primer día que llegaron al campo.
Nostálgicos de un poder que nunca vivieron, dispuestos a invocar a los espíritus del mal e implorar un sentido a sus míseras vidas, convirtiéndose en lacayos de la muerte.
Un escritor loco en busca del secreto para desgarrar el alma de sus lectores.
Un político interrogando a la B, implorándole la fórmula de la utopía.
Pero no hubo poesía en el robo. Tan sólo cinco tipos que pretendían vender la placa de la infamia al mejor postor. Ladrones de souvenir que dividieron el emblema en tres partes y dejaron olvidada una I.
Indiferentes al valor de las letras.
Ignorantes de su poder.
Y la B, de nuevo, se rebeló.
domingo, 20 de diciembre de 2009
martes, 15 de diciembre de 2009
Soy la nana del niño que duerme.
Shhh, no le despiertes, que acaba de nacer. Háblale flojito, si quieres. Tu susurro le gusta. Y el tuyo, también. Hablad y yo trenzaré un arrullo con vuestras voces. Cada acento, una hebra. Las palabras, un regazo. Y en brazos de mi eco, dormirá.
Querría sumergirse de nuevo. En un líquido cálido. Protector. Pero ya pasaron los sueños de agua. Y ahora, flota en mi canción.
Para él, dibujaré un sueño a orillas del mar. Con aromas de pino y especies. Armonía y melodía. Una cuerda sujeta a un campanario. Otra, a un minarete. Y un columpio danzando en el mismo mar.
El niño no sabe quién es. Ve la luna y no sabe qué es luna. Mira el cielo y no sabe a quién buscar. Pero la noche es un silencio sin latido. Y ya conoce el miedo.
No llores, niño, no llores. Mi canción continúa para ti. Haré un sonajero de relatos ensartados. Cada cuenta, un cuento para el niño. Fábulas. Leyendas. Historias antiguas. Te deslizarás al pasado como por un tobogán.
Y ya sabrás quién eres.
Ahora, duerme, niño, duerme.
Ya todo empieza.
Estrenas tiempo.
Estrenas sueño.
Yo lo canto para ti.
Para Ayoub, en su segundo día.
Shhh, no le despiertes, que acaba de nacer. Háblale flojito, si quieres. Tu susurro le gusta. Y el tuyo, también. Hablad y yo trenzaré un arrullo con vuestras voces. Cada acento, una hebra. Las palabras, un regazo. Y en brazos de mi eco, dormirá.
Querría sumergirse de nuevo. En un líquido cálido. Protector. Pero ya pasaron los sueños de agua. Y ahora, flota en mi canción.
Para él, dibujaré un sueño a orillas del mar. Con aromas de pino y especies. Armonía y melodía. Una cuerda sujeta a un campanario. Otra, a un minarete. Y un columpio danzando en el mismo mar.
El niño no sabe quién es. Ve la luna y no sabe qué es luna. Mira el cielo y no sabe a quién buscar. Pero la noche es un silencio sin latido. Y ya conoce el miedo.
No llores, niño, no llores. Mi canción continúa para ti. Haré un sonajero de relatos ensartados. Cada cuenta, un cuento para el niño. Fábulas. Leyendas. Historias antiguas. Te deslizarás al pasado como por un tobogán.
Y ya sabrás quién eres.
Ahora, duerme, niño, duerme.
Ya todo empieza.
Estrenas tiempo.
Estrenas sueño.
Yo lo canto para ti.
Para Ayoub, en su segundo día.
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