viernes, 21 de septiembre de 2012

Duda
YODONA (15 septiembre 2012)



No te atrevas a repetir que maduraré cuando comulgue contigo. Que habré llegado cuando coincida con tus ideas. Abandona ese aire de condescendencia, esa sonrisa de presunta superioridad moral. Y déjame aquí. Náufraga en un océano de incertidumbre. Contemplando en la distancia las orillas del sectarismo. Negándome a tocar tierra, a abrazar estandartes que nunca cubren a todos, a jurar fidelidad a esperanzas que escatiman horizontes, a acatar designios que me está vetado trazar. No te rías de mis dudas, de mis recelos y de mis temores. Preocúpate de tus dogmas. Revisa los cimientos de tus convicciones y no pases por alto ninguna grieta, ningún poro por el que pueda colarse un soplo de aire, porque un simple aliento será capaz de hacer temblar el torreón de tus certezas.

Sí, yo seguiré aquí. Haciendo equilibrios en mi balsa inestable. Y cuando trates de arrastrarme a la orilla, estallaré en carcajadas. Y tú me llamarás loca. Y entonces, además de reírme de mí misma, también me reiré de ti. Porque esa risa será mi refugio y mi vacuna. El talismán que me libre de la severidad de los preceptos. El escudo que combata el flagelo de los mandamientos. Parapetada tras las carcajadas que derriban la jactancia y la prepotencia, dejaré que miles de letras trepen por mi piel y sucumbiré a las cosquillas de sus huellas. Letras de acentos lejanos que susurran cuentos que no conozco, que desvelan sueños que duermen en orillas ignotas y que abren las ventanas del mundo de par en par. Que corra el aire. Que calle la oscuridad.

domingo, 9 de septiembre de 2012

Vendimia
YODONA (8 septiembre 2012)



Han crecido con el latido de la tierra. Se han impregnado de las voces del viento y el silencio del sol y la noche. Murmullos, rumores, crujidos, silbidos y aullidos del paisaje han mecido su sueño. Las palabras ásperas, auténticas, cálidas y heladas del suelo les han susurrado historias antiguas, de fronteras pretéritas y lenguas ya calladas. Voces mortales, de generación en generación, han modelado sus cepas. Y con el eco de tantas huellas, ahora ofrecen su fruto maduro. Una armonía de sabores aún vírgenes, aún por explorar.

Es tiempo de vendimia. De recoger la labor de un tiempo y un espacio. De prensar la expresión de la tierra, exprimir las emociones y dejar reposar las ilusiones. Allí, en la cuba de la esperanza, en la marmita del alquimista, dormirá durante largos meses el canto sabroso y provocativo de la garnacha, la merlot o la shyrah. Barricas de roble llegadas de otras tierras y con otros sonidos acunarán su descanso y el tiempo, siempre el tiempo, sabrá crear nuevas estrofas de una melodía que enlaza a nuestros padres con nuestros hijos. En el silencio y la oscuridad, en el regazo de la tierra, resguardada de las prisas, se gestará la magia sin engaños. El más tangible de los sueños. El alma del fruto. Al fin, llegará el momento. El néctar abandonará su seno y llegará a nuestra copa. Entonces callaremos y escucharemos la generosa ofrenda de la tierra. Un sorbo que son las voces del viento, el sol, la noche, el paisaje, el suelo, las ilusiones, las emociones, el descanso, tantos sueños… Al fin, un sorbo de vida.

jueves, 6 de septiembre de 2012

Un zumo
YODONA (1 septiembre 2012)



Aún medio dormida. Con los sueños todavía prendidos en los párpados. Los músculos resistiéndose a desperezarse y la voz remoloneando antes de emerger de la caja de los sonidos. Toma un par de naranjas. Las parte de forma automática y empieza a exprimirlas. La pulpa, obediente, desprende su néctar. Unas vueltas más y ya el vaso se colma del líquido de sol. Un sorbo. Está dulce. Y sabe a memoria. ¡Tómatelo antes de que pierda todas las vitaminas!, cree escuchar las voces de todas las madres en pie de guerra. Detrás del primer sorbo vienen todos. Siempre precipitados. Como si de repente la mañana se le echara encima. Como si el jugo le hubiera contado todos los secretos que le robó a la tierra y al sol. Quizá, con el cerebro aún abotargado, es su cuerpo quien recoge los mensajes de viajes antiguos. Son sus ojos los que se colman de antiguos paisajes a los pies del Himalaya, sus oídos recogen hablas que ya se perdieron en el tiempo y su lengua se colma del mismo líquido que atravesó el océano con Cristobal Colón. Es su piel, y no su razón, la que recoge el perfume de noche de primavera. Caricia de flor de azahar. Versos de poeta que la conducen al patio querido, al campo risueño, al huerto soñado…

En un último gesto, apura la última gota que baila un solo en el vaso. En la basura yacen muertas las cáscaras vacías. Pedazos de sol devorados por un eclipse. Y el extracto de miles de años, de cientos de miles de susurros de noche, de voces de madres y guiños de sol invade su mañana, su mirada y su sueño, contagiándola de vida.

jueves, 30 de agosto de 2012

Fin
YODONA (25 agosto 2012)



Cierra la puerta. Gira la llave. Arrójala al fuego. Y que el tiempo se detenga en esa habitación. Que el polvo se acumule sobre los muebles. Las arañas aniden en las molduras y tejan velos de letargo. Que todo duerma bajo su manto gris. Que el silencio ordene silencio. Y las manecillas del reloj se detengan sin alma. Polvo. Oscuridad. Silencio… Nada. Que la nada devore la estancia. Que se coma las risas que se tornaron huecas. Que sorba los besos que se cubrieron de escarcha. Que beba todas las palabras que nacieron en un salón de baile y murieron en el campo de batalla. Una inmensa lluvia de nada que cale cada recodo, que impregne el aire hasta robarle el oxígeno, que empape el pavimento de la memoria y desdibuje sus senderos.

Cierra la puerta. Date la vuelta. Mira al frente. Y aléjate sin volver la vista atrás. No te detengas al oír los cantos de sirena de la madera al envejecer. Ni atiendas los lloriqueos de las telas al ajarse o los suspiros de la pintura al desconcharse. Que las hormigas se paseen por los tarros dulces de los recuerdos, las cucarachas aniden entre las migajas de promesas y el óxido cubra la barandilla donde se posaban los pájaros que te hacían soñar. Que se queden ahí también los sueños viejos. Prendados para siempre en las pinzas de tender la ropa. Destiñéndose al sol. Deshilachándose por el viento. Durmiendo para siempre perdidos en la oscuridad de la noche. Sin piedad para los oráculos fallidos de las estrellas. Sin concesiones a las trampas de los anhelos... Sin futuro para el pasado.

viernes, 24 de agosto de 2012

Antes de entrar
YODONA (18 agosto 2012)



Deja la ira en el perchero, el rencor en el paragüero y las lágrimas en el felpudo. Sacúdete las palabras que se convirtieron en un aliento de agujas. Despréndete del egoísmo ajeno, de la soberbia y la avaricia que arrasan los sueños que un día creíste compartir. Cierra los postigos cuando veas el aliento helado de los errores adherido a tu mirada. Y da un portazo a la nostalgia pegajosa de todo lo que se te escurrió entre los dedos. Antes de entrar, deja en el buzón de devoluciones la fatiga que postra las comisuras de tus labios, abandona en el espejo del ascensor esa máscara en la que a veces te cuesta reconocerte y escupe lejos, bien lejos, el veneno de esos nombres que aún te aguijonean el alma. Gira la llave sin contemplaciones, aunque oigas cómo se quiebra la añoranza, aunque las partículas de los recuerdos crujan en cada vuelta y tu orgullo reviente en mil astillas.

Antes de entrar en el laberinto de tu pensamiento, antes de sumergirte en el océano de tu razón, abandona las maletas del despecho en el portal y líbrate de la capa pegajosa de la sinrazón. Tápate los oídos para que la venganza no te cautive con sus cantos de sirena. Aprieta los labios para esquivar el beso del desaliento. Sella tus párpados al espejismo de la impostura. Que la ponzoña no penetre en tu interior. Que la ceniza no nuble tu mirada ni encienda tu piel. Levanta una barricada de música, letras, risas y caricias, y protégete de todo aquello que te hace peor. Para la tristeza se acabaron las localidades. Para la ira, cartel de completo.

miércoles, 15 de agosto de 2012

Tiovivo
YODONA (11 agosto 2012)



Gira y gira. Anclado en la infancia. Liberado en el mundo de los sueños. Caballos, coches, carrozas y tazas bailan como satélites en un cosmos que nunca se detiene. Puertas giratorias a otra dimensión de luces de colores y nubes de azúcar. En cada vuelta, la niña de Tel-Aviv entrelaza sus risas con la de Atenas o Manhattan o Casablanca... Una conduce el caballo de Hércules, otra baila en la taza del conejo de Alicia, la princesa saluda desde su calabaza convertida en carruaje y la conductora gana todas las carreras. Gira el carrusel y la feria crea universos en los que todo es posible, incluso que las cuatro niñas puedan volar libres al mismo ritmo. Una melodía fugada de una caja de música impone su armonía infinita. Ahora un saludo a mamá. Otro a papá. Allí está mi amiga. Allá, el carrito de helados. Y, de nuevo, un saludo a mamá. Otro a papá… El mundo se torna un bucle. La vida, un carrusel.

Ahora saludo a un amor. Allí un amigo. Allá un instante de placer. La mirada se alegra en cada bienvenida que ya se torna despedida. Apenas un segundo para sentir que algo te pertenece. Otro segundo para perderlo. Todo cambia y nada perdura en la eterna rueda de la ilusión. Tan solo permanece una mano asida a la barra y el viento acariciando el rostro. El resto, la volátil voluntad de persistir. Gira y gira. La vida sigue, se enfrenta, se duele, se templa o se ríe en Tel-Aviv, Atenas, Manhattan o Casablanca. Pero nada altera la infinita cadencia del carrusel de la feria. Una vuelta y la niña saluda. Otra vuelta y la anciana se despide.

lunes, 6 de agosto de 2012

Obra inconclusa
YODONA (4 agosto 2012)



De repente, un poeta sintió frío. Mucho frío. Y dejó de escribir. Ya no continuaría aquel poemario. Si lo hiciera, pensó, solo añadiría traición a la verdad acumulada en aquel tercio de obra inconclusa. Toda la belleza, la pasión y los sueños que esperaban impacientes encontrar un lugar entre las líneas, se toparon con una puerta cerrada. Al otro lado, los renglones ya escritos se sentían flotar en el vacío, satélites vagando sin un planeta al que asirse. Un cosmos sin dios ni gravedad.

Pasaron años de frío y calor, como en todas las vidas. Y al poeta le llegaron aplausos y abucheos, también como en todas las vidas. Las arrugas se añadieron a su vocabulario. También los párpados cansados, la piel moteada y los suspiros al levantarse y tratar de recomponer su cuerpo. Los cabellos huyeron, igual que muchas palabras se dieron a la fuga, exiliándose en el archipiélago de la utopía. La paciencia también salió a escape y el poeta le tomó el gusto a desvanecerse de las tertulias y las charlas sin rematar opiniones, reflexiones o críticas. Los amigos se acostumbraron a sus idas y venidas. Lo achacaban a los caprichos de la edad y a la genialidad de su arte. Pero el poeta se reía de la comprensión ajena y, aún más, de sí mismo. No se reconocía en las reseñas ni en las biografías, y se equivocaban quienes creían reconocerle esbozado en los personajes de sus obras. Un día, el poeta tuvo frío y entonces comprendió: él era todo lo que no era. Hizo las maletas y desapareció para siempre en las páginas en blanco de su obra inconclusa.

miércoles, 1 de agosto de 2012

El mar
YODONA (28 julio 2012)



Sumergirse. Flotar. El cuerpo suspendido en el líquido amniótico de la tierra. Los oídos perdidos en sonidos sin vocales ni consonantes. Los ojos velados por unos párpados con ganas de siesta. Y las formas al fin libres del peso. Por unos instantes, el espejismo de un mundo perfecto. Un océano sembrado de caracolas con susurros de leyendas, de mensajes de poetas dentro de botellas que los niños convierten en piedritas, de luchas de viejos pescadores contra enormes peces que le niegan su carne, pero le devuelven el orgullo. Un mar donde los dioses chapotean distraídos y sus predicadores se entretienen levantando castillos de arena. Construcciones bellas, efímeras e inofensivas. Fortalezas desarmadas sin banderas ni estandartes. Fosos de caracolas y conchas de mar.

Sumergirse. Flotar. Un líquido e infinito abrazo que acoge por igual a césares, emperatrices, soldados o plebeyos. Todos rendidos a su mutable belleza. Todos náufragos en su grandeza. El pensamiento anegado de sueños azules. ¿Sabrá el mar descifrar el galimatías de nuestra mente? ¿Beberá de nuestras risas y se refugiará en el eco de nuestra ausencia? ¿Se estremecerá al acariciar nuestra piel, invadirá cada pliegue con ánimo de conquistador, llorará al sentirnos abandonar su abrazo y buscará nuestro rastro en su inmensidad, del mismo modo que la nostalgia escarba en el olor del amante? ¿Responderá algún día la marejada a nuestros miedos o su rugido permanecerá mudo a las revelaciones? Sumergirse. Flotar... La vida navega a la deriva en el devenir de las olas.

jueves, 26 de julio de 2012

Nubes.
YODONA (21 julio 2012)



Es difícil encontrar respuestas entre suelas de zapatos, restos de chicles y la monotonía del asfalto gris. Aún así, nos empeñamos en perder la mirada entre las rendijas del suelo cuando bastaría un solo gesto para sumergirnos en el mundo de los sueños. Tan solo hay que alzar el rostro por unos segundos y allá arriba, escondidos entre formas caprichosas de blanco y gris, se esconden miles de cuentos. Hay días que en el cielo se escriben leyendas terribles. Un mar de plomo, un arrebato de Poseidón que, de nuevo enojado por la huída de Ulises, busca viajeros perdidos para satisfacer su furia insaciable. Otros días, la cúpula azul se cubre de una telaraña traviesa en la que parecen mecerse los bichos más rebeldes convertidos en algodón de caramelo. Un tábano ya saciado. Una mariposa nerviosa. Un ejército derrotado de abejorros. Tres hormigas fisgonas... Las formas son infinitas. Los colores se escapan de las paletas de los pintores. Y las proporciones se ríen de nuestros formalismos.

Ahora se dibuja la silueta de un mundo colosal y, en unos minutos, ya solo queda un infinitésimo grano de arena. O un corazón herido que llora garabatos de sangre. O un mechón de aquella risa que amamos. O el mapa del tesoro con mil caminos. Mil rutas siempre distintas. Siempre inalcanzables. Nuestra mirada convierte las nubes en algo más que hidrógeno y oxígeno envueltos en gases atmosféricos. Son lo que nosotros queremos. Sueños o pesadillas. Volátiles, caprichosas, indecisas, inverosímiles. El reflejo de nuestros miedos y anhelos.

lunes, 16 de julio de 2012

El sí o el no.
YODONA (14 julio 2012)
Buscas respuestas en los dioses o en los hados. Tiendes trampas a la razón para caer en las redes de la esperanza. Mezclas y vuelves a mezclar la baraja sabiendo que los ases se encuentran en tus manos. La vida entera parece depender de ese sí… O de ese no. Tratas de distraer tu atención. Lees, pero las letras se escurren y acaban chapoteando en el pantano de tu obsesión. Sales a correr, pero tus pasos se niegan a abandonar el laberinto de tu inquietud. Miras una película, y acabas convirtiendo los diálogos en monólogos de tu desvelo. Al fin, renuncias a seguir jugando al escondite y te enfrentas al vacío de la incertidumbre. El ansia se atasca en el embudo de la garganta y en el estómago se abre el abismo. incertament Tratas de prepararte para el sí… O para el no.
En las estanterías de tu vida, imaginas todo aquello que ganarás o retendrás si la respuesta es afirmativa. Los tarros de ilusiones sonreirán rebosantes. Los pequeños frascos del deseo renovarán sus esencias más embriagadoras. Los fríos botes de metal atraparán todas las risas que vendrán. Cierras los ojos y ya acaricias la sinuosa figura de la S y la elegante presencia de la I. Pero a tus espaldas, la contundencia de esa N con dos garras ancladas en la piel y la soberbia de esa O con hambre infinita te golpea los sueños. Los tarros se rompen, los frascos se secan y los botes de metal semejan fantasmas amortajados por las telas de mil arañas. Te afanas en expulsar el aliento gélido del pesimismo. Rezas al dios de los anhelos. Cruzas los dedos. Y te preparas para un sí… O un no.

jueves, 10 de marzo de 2011

Soy la bailarina atrapada en una caja de música. Tin tirin tín suena la canción y giro y giro. Siempre bonita. Siempre erguida. Siempre un baile para ti. Me descubriste de niño, escondida en un armario y, desde entonces, me quisiste tuya. A través de mi cielo de madera escuché tus juegos y tus risas. Y también tus lloros en las noches calladas y quietas. Entonces, venías a buscarme y la vida se me abría en tus pupilas húmedas de niño. Tin tirin tín, giraba y giraba y tus lágrimas se perdían entre mis brazos, en el sortilegio de la danza.
Después me olvidaste. Y el tiempo se detuvo en mi gesto inmóvil. El eco de tu voz se desprendió de la inocencia y yo solo soñaba con una mirada tuya que desnudara mi baile. Pero las horas se fundieron en meses y los años en vida, hasta que otra risa de niño rescató mi sueño y trajo, de nuevo, tu mirada añorada. Tin tirin tín arrancó la música. Y giré y giré de nuevo para ti. Para unas pupilas cercadas por las líneas de una existencia sin mí.
Los sonidos se fueron apagando. Las risas de tus hijos se desvanecieron, junto con aquella voz que sí pudo mover sus brazos para tomarte. Ahora, cada día, cada hora, con tus ojos gastados, rodeado de una oscura y silenciosa parálisis, vienes a buscarme. Tin tirin tín, suena la canción. Y yo bailo y bailo para ti. Y tú te pierdes en mi movimiento eterno, tratando de robar, de sorber, de aprisionar una vida que se te escapa. Como si esta virgen de porcelana pudiera librarte de un futuro de cielo de madera. Tin tirin tín.

martes, 7 de septiembre de 2010

Soy la luna que miras. La misma que miró tu madre. Y la madre de tu madre. Y todas las madres que antes hubo. Soy la protagonista de las leyendas. El deseo de los enamorados. El estigma del hombre lobo.
Mi perfil fue escrutado desde la tierra que pisas por fenicios, griegos y romanos. Bajo mi hechizo bailaron las brujas del medievo y mi influjo iluminó a los sabios renacentistas. Guerras, revueltas, derrotas y victorias se proclamaron ante mi faz imperturbable y mi luz tenue dio cobijo a sueños clandestinos.
Me estás contemplando. Y, en este preciso instante, tu mirada se une al sinfín de una madeja formada de ruegos, deseos y juramentos. La lazada de mi fulgor te ata al ruego del que necesita una madrugada mejor. A la charla de una anciana con los que ya no están. Al miedo de una niña que no puede dormir. A la nostalgia de un marinero que busca un pedazo de tierra donde asirse. A la somnolencia de un soldado desde la garita de vigilancia y, también, a la tensión del enemigo que le apunta desde las rocas próximas. En este ovillo de miradas también se agolpan las visiones de tu pasado y las de tu futuro. El amor que tuviste y el que tendrás. Los ojos que te acompañarán en tu madurez. Los que te cuidarán de anciano. Y, también, los últimos que contemplarás. Yo veré ese momento. Pero no pestañearé. Seguiré aquí. Pálida. Lejana. Imperturbable. Una solitaria y romántica devoradora de miradas.