Soy la bailarina atrapada en una caja de música. Tin tirin tín suena la canción y giro y giro. Siempre bonita. Siempre erguida. Siempre un baile para ti. Me descubriste de niño, escondida en un armario y, desde entonces, me quisiste tuya. A través de mi cielo de madera escuché tus juegos y tus risas. Y también tus lloros en las noches calladas y quietas. Entonces, venías a buscarme y la vida se me abría en tus pupilas húmedas de niño. Tin tirin tín, giraba y giraba y tus lágrimas se perdían entre mis brazos, en el sortilegio de la danza.
Después me olvidaste. Y el tiempo se detuvo en mi gesto inmóvil. El eco de tu voz se desprendió de la inocencia y yo solo soñaba con una mirada tuya que desnudara mi baile. Pero las horas se fundieron en meses y los años en vida, hasta que otra risa de niño rescató mi sueño y trajo, de nuevo, tu mirada añorada. Tin tirin tín arrancó la música. Y giré y giré de nuevo para ti. Para unas pupilas cercadas por las líneas de una existencia sin mí.
Los sonidos se fueron apagando. Las risas de tus hijos se desvanecieron, junto con aquella voz que sí pudo mover sus brazos para tomarte. Ahora, cada día, cada hora, con tus ojos gastados, rodeado de una oscura y silenciosa parálisis, vienes a buscarme. Tin tirin tín, suena la canción. Y yo bailo y bailo para ti. Y tú te pierdes en mi movimiento eterno, tratando de robar, de sorber, de aprisionar una vida que se te escapa. Como si esta virgen de porcelana pudiera librarte de un futuro de cielo de madera. Tin tirin tín.
jueves, 10 de marzo de 2011
martes, 7 de septiembre de 2010
Soy la luna que miras. La misma que miró tu madre. Y la madre de tu madre. Y todas las madres que antes hubo. Soy la protagonista de las leyendas. El deseo de los enamorados. El estigma del hombre lobo.
Mi perfil fue escrutado desde la tierra que pisas por fenicios, griegos y romanos. Bajo mi hechizo bailaron las brujas del medievo y mi influjo iluminó a los sabios renacentistas. Guerras, revueltas, derrotas y victorias se proclamaron ante mi faz imperturbable y mi luz tenue dio cobijo a sueños clandestinos.
Me estás contemplando. Y, en este preciso instante, tu mirada se une al sinfín de una madeja formada de ruegos, deseos y juramentos. La lazada de mi fulgor te ata al ruego del que necesita una madrugada mejor. A la charla de una anciana con los que ya no están. Al miedo de una niña que no puede dormir. A la nostalgia de un marinero que busca un pedazo de tierra donde asirse. A la somnolencia de un soldado desde la garita de vigilancia y, también, a la tensión del enemigo que le apunta desde las rocas próximas. En este ovillo de miradas también se agolpan las visiones de tu pasado y las de tu futuro. El amor que tuviste y el que tendrás. Los ojos que te acompañarán en tu madurez. Los que te cuidarán de anciano. Y, también, los últimos que contemplarás. Yo veré ese momento. Pero no pestañearé. Seguiré aquí. Pálida. Lejana. Imperturbable. Una solitaria y romántica devoradora de miradas.
Mi perfil fue escrutado desde la tierra que pisas por fenicios, griegos y romanos. Bajo mi hechizo bailaron las brujas del medievo y mi influjo iluminó a los sabios renacentistas. Guerras, revueltas, derrotas y victorias se proclamaron ante mi faz imperturbable y mi luz tenue dio cobijo a sueños clandestinos.
Me estás contemplando. Y, en este preciso instante, tu mirada se une al sinfín de una madeja formada de ruegos, deseos y juramentos. La lazada de mi fulgor te ata al ruego del que necesita una madrugada mejor. A la charla de una anciana con los que ya no están. Al miedo de una niña que no puede dormir. A la nostalgia de un marinero que busca un pedazo de tierra donde asirse. A la somnolencia de un soldado desde la garita de vigilancia y, también, a la tensión del enemigo que le apunta desde las rocas próximas. En este ovillo de miradas también se agolpan las visiones de tu pasado y las de tu futuro. El amor que tuviste y el que tendrás. Los ojos que te acompañarán en tu madurez. Los que te cuidarán de anciano. Y, también, los últimos que contemplarás. Yo veré ese momento. Pero no pestañearé. Seguiré aquí. Pálida. Lejana. Imperturbable. Una solitaria y romántica devoradora de miradas.
domingo, 25 de julio de 2010
Soy el recuerdo que aguarda en el cajón. Descanso. Dormito. Espero. Aguardo en la penumbra silenciosa. Como una cría en su nido. Como una mariposa en su crisálida.
La vida es un paréntesis en este vientre de calma. Un lecho ingrávido donde habitan los sueños perdidos, los deseos que llegaron a deshora, los amores que arañaron el alma.
Hay momentos en los que el cajón se abre unos milímetros. Apenas un segundo. Una hebra de luz. Suficiente para comprobarnos. Para saber que cada uno sigue en su lugar. Un suspiro sella el instante. Y vuelve el sosiego.
Las horas se derriten en la oscuridad y el eco de las campanas se funde en un laberinto de imágenes y palabras. Me gusta jugar con el tiempo. Dejo que el ayer me acaricie y modele nuevas formas en mis sombras. Inspiro pasado para, algún día, exhalar futuro.
Aquí, en la guarida secreta de tus entrañas, no existen las dudas. Ni los miedos. Ni los reproches. No hay abandonos. Ni renuncias. Tan sólo una espera. Un aliento. Una vida.
La vida es un paréntesis en este vientre de calma. Un lecho ingrávido donde habitan los sueños perdidos, los deseos que llegaron a deshora, los amores que arañaron el alma.
Hay momentos en los que el cajón se abre unos milímetros. Apenas un segundo. Una hebra de luz. Suficiente para comprobarnos. Para saber que cada uno sigue en su lugar. Un suspiro sella el instante. Y vuelve el sosiego.
Las horas se derriten en la oscuridad y el eco de las campanas se funde en un laberinto de imágenes y palabras. Me gusta jugar con el tiempo. Dejo que el ayer me acaricie y modele nuevas formas en mis sombras. Inspiro pasado para, algún día, exhalar futuro.
Aquí, en la guarida secreta de tus entrañas, no existen las dudas. Ni los miedos. Ni los reproches. No hay abandonos. Ni renuncias. Tan sólo una espera. Un aliento. Una vida.
domingo, 18 de julio de 2010
miércoles, 7 de julio de 2010
Soy la chica que pasea por las calles de París. No es mi ciudad, pero podría serlo. Mis pasos aún no son sólo míos, pero pronto lo serán. Las lunas de los escaparates devuelven mi reflejo y yo las miro de reojo. Mi imagen es mi conquista. Un reto al futuro.
Arranco a correr y me río al sentir el aire. Pero al final de la calle me detengo en seco. ¿Y si una gárgola resentida me acecha a la vuelta de la esquina? Quizás un malvado Frollo o un triste y solitario Quasimodo quieran robarme mis pasos.
Miro alrededor y la libertad toma un regusto de abandono. Ya no sé si quiero seguir sola. Por unos segundos pienso en retroceder. Deshacer el camino y regalarme, de nuevo, un reflejo en los escaparates. Cierro un segundo los párpados. De un café cercano me llegan los ecos entrelazados de una docena de conversaciones. Dos enamorados discuten. Dos amigas se cuentan confidencias. Un grupo de jóvenes ríen. En el aire se trenza el aroma dulce de un crêpe y unas campanas cercanas anuncian el mediodía.
Abro los ojos. Inspiro hondo y sonrío. ¡Qué diablos! ¡Prepárate París, aquí te dejo la huella de mis pasos!
A la vuelta de la esquina, todo.
A la vuelta de la esquina, quince años.
Arranco a correr y me río al sentir el aire. Pero al final de la calle me detengo en seco. ¿Y si una gárgola resentida me acecha a la vuelta de la esquina? Quizás un malvado Frollo o un triste y solitario Quasimodo quieran robarme mis pasos.
Miro alrededor y la libertad toma un regusto de abandono. Ya no sé si quiero seguir sola. Por unos segundos pienso en retroceder. Deshacer el camino y regalarme, de nuevo, un reflejo en los escaparates. Cierro un segundo los párpados. De un café cercano me llegan los ecos entrelazados de una docena de conversaciones. Dos enamorados discuten. Dos amigas se cuentan confidencias. Un grupo de jóvenes ríen. En el aire se trenza el aroma dulce de un crêpe y unas campanas cercanas anuncian el mediodía.
Abro los ojos. Inspiro hondo y sonrío. ¡Qué diablos! ¡Prepárate París, aquí te dejo la huella de mis pasos!
A la vuelta de la esquina, todo.
A la vuelta de la esquina, quince años.
domingo, 27 de junio de 2010
Soy el vacío del que ya no está. Entras en la habitación y tratas de no verme. Te acercas a la cama, acaricias las sábanas, tu mirada resbala por los objetos que reposan en la mesilla, te detienes unos segundos en la sonrisa del retrato. Yo sigo inmóvil en un rincón. Aunque finges ignorarme, puedo sentir como brota tu odio hacia mí. Estoy a punto de dar un paso al frente, cuando tú, cómo si hubieras adivinado mis intenciones, te giras con determinación. Casi con rabia.
Ves el armario y cierras los ojos. Suspiras. No sabes si debes. No sabes si puedes. Al fin, te decides. Abres las puertas y un dolor agudo te corta la respiración. Tu corazón deja de ser músculo y sangre. Es una piedra helada con aristas. Un puño rígido e hiriente. Los restos de mármol de una lápida. Me aprovecho de ese instante de debilidad y la proximidad de mi presencia eriza el vello de tu espalda. Tomas una prenda y hundes tu rostro en ella. Su aroma se mezcla con mi aliento y la hiel penetra en tu cuerpo. Coges una camiseta, una camisa, un suéter. Un barullo de ropa que no consigue desvanecer mi olor. Ahogas un grito y te dejas caer en el suelo. Te rompes en un llanto.
Me arrodillo junto a ti. Siento el desprecio, el miedo, el asco que te provoco. Pero no voy a abandonarte. Yo no. Rodeo tus hombros. Acaricio el rastro que dejan tus lágrimas. Ya no me esquivas. Ya dejas que te acune. A partir de hoy, yo voy a ser tu compañero.
Ves el armario y cierras los ojos. Suspiras. No sabes si debes. No sabes si puedes. Al fin, te decides. Abres las puertas y un dolor agudo te corta la respiración. Tu corazón deja de ser músculo y sangre. Es una piedra helada con aristas. Un puño rígido e hiriente. Los restos de mármol de una lápida. Me aprovecho de ese instante de debilidad y la proximidad de mi presencia eriza el vello de tu espalda. Tomas una prenda y hundes tu rostro en ella. Su aroma se mezcla con mi aliento y la hiel penetra en tu cuerpo. Coges una camiseta, una camisa, un suéter. Un barullo de ropa que no consigue desvanecer mi olor. Ahogas un grito y te dejas caer en el suelo. Te rompes en un llanto.
Me arrodillo junto a ti. Siento el desprecio, el miedo, el asco que te provoco. Pero no voy a abandonarte. Yo no. Rodeo tus hombros. Acaricio el rastro que dejan tus lágrimas. Ya no me esquivas. Ya dejas que te acune. A partir de hoy, yo voy a ser tu compañero.
domingo, 20 de junio de 2010
martes, 8 de junio de 2010
Soy el chico encaramado a esa azotea. Como cada primavera desde que llegué a Barcelona he subido a hacer volar mi cometa. Un punto rojo en el cielo de las calles viejas.
Mi madre no entiende ese tozudo gesto nostálgico y mi padre prefiere ignorarlo. El vecino del ático me presta la llave de acceso con recelo. Le adivino el pensamiento. ¡Catorce años y aún enredando con juegos de niños!
Desde lo alto del edificio, la ciudad huele más a hogar que a calle. Inspiro con fuerza y me alimento de un enredo de curry, chop suey y potaje. Aquí, los sonidos se tornan murmullo y las personas, figuras cabezonas sobre un tablero.
He elegido un buen día. El viento sopla con fuerza y el hilo ya corre entre mis dedos. La cometa inventa su danza solitaria . En este cielo, no hay más dioses de colores pugnando por el espacio. Estoy sólo en la terraza y no hay miradas de guerrero en las azoteas contiguas.
Con la próxima ráfaga atacaré el mar. Con la siguiente, un directo a Montjuïc. Mi cometa, soberana del cielo. Soy yo quien dirige su rumbo, como hacía de niño en Lahore. En la fiesta del Basant, cuando el cielo de Pakistán siente envidia de la tierra teñida de primavera.
Esta tarde me cansaré de correr. Cuando se ponga el sol, recogeré la cometa, devolveré la llave al vecino del ático y bajaré a la calle. Pisaré el asfalto y retaré orgulloso a los rostros desconocidos. Nadie sabrá leer mi mirada. No importa. Hoy he vuelto a hacerlo. He conquistado, de nuevo, un pedazo de la ciudad.
Mi madre no entiende ese tozudo gesto nostálgico y mi padre prefiere ignorarlo. El vecino del ático me presta la llave de acceso con recelo. Le adivino el pensamiento. ¡Catorce años y aún enredando con juegos de niños!
Desde lo alto del edificio, la ciudad huele más a hogar que a calle. Inspiro con fuerza y me alimento de un enredo de curry, chop suey y potaje. Aquí, los sonidos se tornan murmullo y las personas, figuras cabezonas sobre un tablero.
He elegido un buen día. El viento sopla con fuerza y el hilo ya corre entre mis dedos. La cometa inventa su danza solitaria . En este cielo, no hay más dioses de colores pugnando por el espacio. Estoy sólo en la terraza y no hay miradas de guerrero en las azoteas contiguas.
Con la próxima ráfaga atacaré el mar. Con la siguiente, un directo a Montjuïc. Mi cometa, soberana del cielo. Soy yo quien dirige su rumbo, como hacía de niño en Lahore. En la fiesta del Basant, cuando el cielo de Pakistán siente envidia de la tierra teñida de primavera.
Esta tarde me cansaré de correr. Cuando se ponga el sol, recogeré la cometa, devolveré la llave al vecino del ático y bajaré a la calle. Pisaré el asfalto y retaré orgulloso a los rostros desconocidos. Nadie sabrá leer mi mirada. No importa. Hoy he vuelto a hacerlo. He conquistado, de nuevo, un pedazo de la ciudad.
martes, 1 de junio de 2010
Soy la vieja que mira a la niña del patinete. En cuanto sale un poco el sol, somos las primeras en bajar a la plaza. Ella siempre corriendo arriba y abajo. Yo siempre parada en este banco.
Me gusta verla pasar, con los cabellos hechos un revoltijo, el ceño fruncido y la boca abierta, comiéndose el aire. Cuando la plaza se llena de gente, el juego se torna una carrera de obstáculos y a la niña, a veces, se le escapa una sonrisa pícara.
Mira por dónde vas, le regaña una mujer cargada de bolsas y amargura. ¡Ojo!, le advierte el hombre gastado que teme romperse. Y la niña sortea a unos y a otros, sin dedicarles ni siquiera un gesto. Vigila, le aconseja la voz cómplice del padre y, entre los dos, se trenza una mirada traviesa. A él también le gustaría subirse a un patinete, mirar al frente y dejar atrás los lastres.
Yo también quiero un patinete. Quiero levantar el freno, sentir el aire en el rostro, ver el mundo rodar y reírme del pasado. Un patinete para esquivar la colección de medicinas, los pasitos cortos y renqueantes, el estúpido tembleque de las manos y la piel transparente.
Subida a la pequeña plataforma volveré a sentirme dueña de mi vida. El viento desprenderá las escamas de mi cuerpo viejo y despertará el letargo de mi mente. Dirigiré mi marcha por sendas nuevas y saltaré sobre las absurdas preocupaciones de otros tiempos. E incluso, en un alarde de rebeldía, me atreveré a soltar por unos segundos el manillar. Los justos para dibujar un gesto certero y teatral. Un solemne y apasionado corte de mangas a la muerte.
Me gusta verla pasar, con los cabellos hechos un revoltijo, el ceño fruncido y la boca abierta, comiéndose el aire. Cuando la plaza se llena de gente, el juego se torna una carrera de obstáculos y a la niña, a veces, se le escapa una sonrisa pícara.
Mira por dónde vas, le regaña una mujer cargada de bolsas y amargura. ¡Ojo!, le advierte el hombre gastado que teme romperse. Y la niña sortea a unos y a otros, sin dedicarles ni siquiera un gesto. Vigila, le aconseja la voz cómplice del padre y, entre los dos, se trenza una mirada traviesa. A él también le gustaría subirse a un patinete, mirar al frente y dejar atrás los lastres.
Yo también quiero un patinete. Quiero levantar el freno, sentir el aire en el rostro, ver el mundo rodar y reírme del pasado. Un patinete para esquivar la colección de medicinas, los pasitos cortos y renqueantes, el estúpido tembleque de las manos y la piel transparente.
Subida a la pequeña plataforma volveré a sentirme dueña de mi vida. El viento desprenderá las escamas de mi cuerpo viejo y despertará el letargo de mi mente. Dirigiré mi marcha por sendas nuevas y saltaré sobre las absurdas preocupaciones de otros tiempos. E incluso, en un alarde de rebeldía, me atreveré a soltar por unos segundos el manillar. Los justos para dibujar un gesto certero y teatral. Un solemne y apasionado corte de mangas a la muerte.
miércoles, 26 de mayo de 2010
Soy esa mujer que suma décadas de espera. Sentada en el taburete incómodo, acodada en la barra que huele a bayeta sucia, mi vista baila nerviosa entre las tapas resecas y la puerta de este bar mugriento. Cada tarde, vengo. Cada tarde, espero.
Mañana, nos encontraremos en el bar.
Carmín de sangre en los labios. En los párpados, sombras azules y verdes. Pestañas con rímel y mejillas rosadas de muñeca de porcelana. Mis manos tiemblan cuando me pinto. Mi rostro, una sombra de tonos en el espejo. Pero yo sigo cubriéndolo con luces de colores. Para que él me vea guapa. Para que él sepa que se detuvo el tiempo. Una pincelada más para borrar las arrugas. Más carmín para preñar de nuevo los labios.
Mañana, nos encontraremos en el bar.
Medias con costura, falda ajustada y tacones con alma de estilete. El mismo perfume dulzón. El mismo peinado fijado con laca. El mismo camino. El mismo latido desbocado que ahoga la respiración. Otro coñac para calmar la espera. Otro coñac para no ver el tiempo. Otro más, para que esas risas se diluyan.
Mis gestos se vuelven torpes, la lengua me pesa y las palabras se escabullen antes de pronunciarlas. No importa. Nada importa. La puerta se abre y mi vida parece volver a arrancar. Pero no es él. Esta vez no es él. Ya el coñac me arrulla. Ya mi corazón se duerme. Ya soy, de nuevo, esa mujer que espera.
Mañana nos encontraremos en el bar.
Él nunca miente. No es como ésos que dicen que murió.
Mañana, nos encontraremos en el bar.
Carmín de sangre en los labios. En los párpados, sombras azules y verdes. Pestañas con rímel y mejillas rosadas de muñeca de porcelana. Mis manos tiemblan cuando me pinto. Mi rostro, una sombra de tonos en el espejo. Pero yo sigo cubriéndolo con luces de colores. Para que él me vea guapa. Para que él sepa que se detuvo el tiempo. Una pincelada más para borrar las arrugas. Más carmín para preñar de nuevo los labios.
Mañana, nos encontraremos en el bar.
Medias con costura, falda ajustada y tacones con alma de estilete. El mismo perfume dulzón. El mismo peinado fijado con laca. El mismo camino. El mismo latido desbocado que ahoga la respiración. Otro coñac para calmar la espera. Otro coñac para no ver el tiempo. Otro más, para que esas risas se diluyan.
Mis gestos se vuelven torpes, la lengua me pesa y las palabras se escabullen antes de pronunciarlas. No importa. Nada importa. La puerta se abre y mi vida parece volver a arrancar. Pero no es él. Esta vez no es él. Ya el coñac me arrulla. Ya mi corazón se duerme. Ya soy, de nuevo, esa mujer que espera.
Mañana nos encontraremos en el bar.
Él nunca miente. No es como ésos que dicen que murió.
domingo, 16 de mayo de 2010
domingo, 2 de mayo de 2010
Soy los pasos perdidos de la calle que pisas.

La huella invisible del pasado. Tu destino de mañana.
Dame un beso, le reclama el enamorado a la chica que, entre risas, simula escaparse.
¿Y si no voy?, imagina el ejecutivo con ojeras.
De ella me podría enamorar, piensa él al cruzarse con esa mirada transparente.
Y de ella debería desenamorarme, se tortura el amante que teme dar la mano a su amada.
Qué no me despidan, ruega la mujer del parado que llega tarde.
Esta falda me queda corta, calcula ella cuando se ve reflejada en el descaro de una mirada.
Espérame aquí, le dijo. Y ya acumula una vida de retraso.
¿En qué banco duermo hoy?, se pregunta el hombre del carrito.
Si las líneas del paso cebra son pares, ganaremos, imagina el deportista supersticioso.
Qué viejo está, se entristece la anciana al contemplar el caminar renco del hombre que tanto amó.
Aquella primavera, las calles de Sevilla también olían a flor de azahar.
En este portal el amor se vistió de urgencia, rememora la que ya no es joven.
No quiero ir, se lamenta el niño que come demasiado.
Hola, ríe ella en su primera cita.
Adiós, llora cuando él se va.
Podría irme y empezar de nuevo, se reta el que ya lo perdió todo.
Un beso. Sólo uno. El último. Y ya después me voy.

La huella invisible del pasado. Tu destino de mañana.
Dame un beso, le reclama el enamorado a la chica que, entre risas, simula escaparse.
¿Y si no voy?, imagina el ejecutivo con ojeras.
De ella me podría enamorar, piensa él al cruzarse con esa mirada transparente.
Y de ella debería desenamorarme, se tortura el amante que teme dar la mano a su amada.
Qué no me despidan, ruega la mujer del parado que llega tarde.
Esta falda me queda corta, calcula ella cuando se ve reflejada en el descaro de una mirada.
Espérame aquí, le dijo. Y ya acumula una vida de retraso.
¿En qué banco duermo hoy?, se pregunta el hombre del carrito.
Si las líneas del paso cebra son pares, ganaremos, imagina el deportista supersticioso.
Qué viejo está, se entristece la anciana al contemplar el caminar renco del hombre que tanto amó.
Aquella primavera, las calles de Sevilla también olían a flor de azahar.
En este portal el amor se vistió de urgencia, rememora la que ya no es joven.
No quiero ir, se lamenta el niño que come demasiado.
Hola, ríe ella en su primera cita.
Adiós, llora cuando él se va.
Podría irme y empezar de nuevo, se reta el que ya lo perdió todo.
Un beso. Sólo uno. El último. Y ya después me voy.
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