Soy esa mujer que suma décadas de espera. Sentada en el taburete incómodo, acodada en la barra que huele a bayeta sucia, mi vista baila nerviosa entre las tapas resecas y la puerta de este bar mugriento. Cada tarde, vengo. Cada tarde, espero.
Mañana, nos encontraremos en el bar.
Carmín de sangre en los labios. En los párpados, sombras azules y verdes. Pestañas con rímel y mejillas rosadas de muñeca de porcelana. Mis manos tiemblan cuando me pinto. Mi rostro, una sombra de tonos en el espejo. Pero yo sigo cubriéndolo con luces de colores. Para que él me vea guapa. Para que él sepa que se detuvo el tiempo. Una pincelada más para borrar las arrugas. Más carmín para preñar de nuevo los labios.
Mañana, nos encontraremos en el bar.
Medias con costura, falda ajustada y tacones con alma de estilete. El mismo perfume dulzón. El mismo peinado fijado con laca. El mismo camino. El mismo latido desbocado que ahoga la respiración. Otro coñac para calmar la espera. Otro coñac para no ver el tiempo. Otro más, para que esas risas se diluyan.
Mis gestos se vuelven torpes, la lengua me pesa y las palabras se escabullen antes de pronunciarlas. No importa. Nada importa. La puerta se abre y mi vida parece volver a arrancar. Pero no es él. Esta vez no es él. Ya el coñac me arrulla. Ya mi corazón se duerme. Ya soy, de nuevo, esa mujer que espera.
Mañana nos encontraremos en el bar.
Él nunca miente. No es como ésos que dicen que murió.
miércoles, 26 de mayo de 2010
domingo, 16 de mayo de 2010
domingo, 2 de mayo de 2010
Soy los pasos perdidos de la calle que pisas.

La huella invisible del pasado. Tu destino de mañana.
Dame un beso, le reclama el enamorado a la chica que, entre risas, simula escaparse.
¿Y si no voy?, imagina el ejecutivo con ojeras.
De ella me podría enamorar, piensa él al cruzarse con esa mirada transparente.
Y de ella debería desenamorarme, se tortura el amante que teme dar la mano a su amada.
Qué no me despidan, ruega la mujer del parado que llega tarde.
Esta falda me queda corta, calcula ella cuando se ve reflejada en el descaro de una mirada.
Espérame aquí, le dijo. Y ya acumula una vida de retraso.
¿En qué banco duermo hoy?, se pregunta el hombre del carrito.
Si las líneas del paso cebra son pares, ganaremos, imagina el deportista supersticioso.
Qué viejo está, se entristece la anciana al contemplar el caminar renco del hombre que tanto amó.
Aquella primavera, las calles de Sevilla también olían a flor de azahar.
En este portal el amor se vistió de urgencia, rememora la que ya no es joven.
No quiero ir, se lamenta el niño que come demasiado.
Hola, ríe ella en su primera cita.
Adiós, llora cuando él se va.
Podría irme y empezar de nuevo, se reta el que ya lo perdió todo.
Un beso. Sólo uno. El último. Y ya después me voy.

La huella invisible del pasado. Tu destino de mañana.
Dame un beso, le reclama el enamorado a la chica que, entre risas, simula escaparse.
¿Y si no voy?, imagina el ejecutivo con ojeras.
De ella me podría enamorar, piensa él al cruzarse con esa mirada transparente.
Y de ella debería desenamorarme, se tortura el amante que teme dar la mano a su amada.
Qué no me despidan, ruega la mujer del parado que llega tarde.
Esta falda me queda corta, calcula ella cuando se ve reflejada en el descaro de una mirada.
Espérame aquí, le dijo. Y ya acumula una vida de retraso.
¿En qué banco duermo hoy?, se pregunta el hombre del carrito.
Si las líneas del paso cebra son pares, ganaremos, imagina el deportista supersticioso.
Qué viejo está, se entristece la anciana al contemplar el caminar renco del hombre que tanto amó.
Aquella primavera, las calles de Sevilla también olían a flor de azahar.
En este portal el amor se vistió de urgencia, rememora la que ya no es joven.
No quiero ir, se lamenta el niño que come demasiado.
Hola, ríe ella en su primera cita.
Adiós, llora cuando él se va.
Podría irme y empezar de nuevo, se reta el que ya lo perdió todo.
Un beso. Sólo uno. El último. Y ya después me voy.
domingo, 18 de abril de 2010
domingo, 11 de abril de 2010
Soy la nota de un piano. Un acento dibujado en el silencio. Un sueño que despierta del letargo. Mi melodía, una invitación. Una llamada recogida por una guitarra con caricia de terciopelo.
Los primeros compases, unos dedos que se rozan. Una sonrisa insinuada. Una mirada pegada a esa expresión. El piano marca el ritmo y espera. La guitarra se desliza por la estancia. Mide el espacio. Esboza unos pasos. E insinúa una provocación.
Empieza el baile. Él manda un giro a la derecha. Ella le sigue y apunta un giro más. Ya trazan coreografías. Ya se imponen al vacío. Un quiebro travieso de ella provoca unos segundos de desconcierto. El teclado se estremece y acorta la distancia. Las cuerdas se tensan, tiemblan y, en su emoción, se trenzan en un lazo.
El pentagrama quiere ser un nudo. Las notas crean enredos en su cadencia. Se buscan, se incitan, se comen las pausas y el silencio. Guitarra y piano. Piano y guitarra. Ambos ya son uno. El compás pierde el ritmo. Irrumpen nuevos acordes. Galopan las notas sin un rumbo. Y se funden en un último desvarío.
La guitarra, un desgarro.
El piano, un suspiro.
Un eco de conquista se derrama en el espacio.
Y el sonido, preñado, se calla.
Ya el silencio se impone de nuevo.
Los primeros compases, unos dedos que se rozan. Una sonrisa insinuada. Una mirada pegada a esa expresión. El piano marca el ritmo y espera. La guitarra se desliza por la estancia. Mide el espacio. Esboza unos pasos. E insinúa una provocación.
Empieza el baile. Él manda un giro a la derecha. Ella le sigue y apunta un giro más. Ya trazan coreografías. Ya se imponen al vacío. Un quiebro travieso de ella provoca unos segundos de desconcierto. El teclado se estremece y acorta la distancia. Las cuerdas se tensan, tiemblan y, en su emoción, se trenzan en un lazo.
El pentagrama quiere ser un nudo. Las notas crean enredos en su cadencia. Se buscan, se incitan, se comen las pausas y el silencio. Guitarra y piano. Piano y guitarra. Ambos ya son uno. El compás pierde el ritmo. Irrumpen nuevos acordes. Galopan las notas sin un rumbo. Y se funden en un último desvarío.
La guitarra, un desgarro.
El piano, un suspiro.
Un eco de conquista se derrama en el espacio.
Y el sonido, preñado, se calla.
Ya el silencio se impone de nuevo.
domingo, 21 de marzo de 2010
jueves, 18 de marzo de 2010
Soy esa mujer tumbada en el suelo. Estoy en medio del comedor, el frío de las baldosas va impregnando mi piel, nunca me había dado cuenta de cuán irregular es la superficie del techo. Debajo del sofá hay una capa espesa de polvo y las patas de las sillas están un poco desconchadas en la base. Aquí, la temperatura es un poco más fría, se cuela aire por la puerta del balcón.
En realidad no sé qué hago así. No me tumbaba en el suelo, sin hacer nada, desde que era niña. De repente, me han dado ganas. Justo después de que él se fuera. En este mismo lugar, hace apenas unos minutos, descansaban sus cajas y sus maletas. Aquí también nos hemos dado un beso. Supongo que el último. Con sabor a prisa y despedida. Quizás debería llorar, pero no, en realidad no quiero. Me siento extraña, pero no triste.
Extiendo las piernas y los brazos, y me convierto en una X trazada en el suelo. Un signo de multiplicar. Una tachadura o una elección. Una incógnita. Una clasificación no apta para menores. ¿Por qué me siento tan bien aquí tirada? Niña, te vas a ensuciar, levántate, ¿no ves que te arrugas la ropa? Venga, ya eres mayorcita para tanta tontería… ¿Por qué hice caso? Me senté y me olvidé de volar. Apoyé las manos en el suelo y ya no fui la princesa del cuento. Me incorporé y me encontré con un amor de noches aburridas frente al televisor.
El techo es un papel en blanco. Alzo la mano y bailo sobre él. Mi pie marca el ritmo y dibuja en el pavimento un galimatías de notas y pentagramas. Si pruebo a rodar, mis ojos chocan con el suelo. Las palmas de mis manos palpan la superficie lisa y fría, templo mi frente con su frescura y sueño que abrazo una nueva partitura, una melodía que vuela por el cielo, con princesas y noches de luna, caballeros y dragones.
Sí, se está bien aquí abajo.
En realidad no sé qué hago así. No me tumbaba en el suelo, sin hacer nada, desde que era niña. De repente, me han dado ganas. Justo después de que él se fuera. En este mismo lugar, hace apenas unos minutos, descansaban sus cajas y sus maletas. Aquí también nos hemos dado un beso. Supongo que el último. Con sabor a prisa y despedida. Quizás debería llorar, pero no, en realidad no quiero. Me siento extraña, pero no triste.
Extiendo las piernas y los brazos, y me convierto en una X trazada en el suelo. Un signo de multiplicar. Una tachadura o una elección. Una incógnita. Una clasificación no apta para menores. ¿Por qué me siento tan bien aquí tirada? Niña, te vas a ensuciar, levántate, ¿no ves que te arrugas la ropa? Venga, ya eres mayorcita para tanta tontería… ¿Por qué hice caso? Me senté y me olvidé de volar. Apoyé las manos en el suelo y ya no fui la princesa del cuento. Me incorporé y me encontré con un amor de noches aburridas frente al televisor.
El techo es un papel en blanco. Alzo la mano y bailo sobre él. Mi pie marca el ritmo y dibuja en el pavimento un galimatías de notas y pentagramas. Si pruebo a rodar, mis ojos chocan con el suelo. Las palmas de mis manos palpan la superficie lisa y fría, templo mi frente con su frescura y sueño que abrazo una nueva partitura, una melodía que vuela por el cielo, con princesas y noches de luna, caballeros y dragones.
Sí, se está bien aquí abajo.
domingo, 14 de marzo de 2010
Soy ese gesto mil veces repetido. Perfectamente medido en su inconsciencia. Un pulgar y un índice que se rozan nerviosos. Una barbilla descansando en una mano. Una presión en un brazo. Un bufido en un mechón desmelenado.
A veces, apenas soy perceptible. Un refugio furtivo que mi dueño construye a toda prisa para ocultar un momento de incertidumbre o ahogar un bostezo delator. Quizás ni siquiera él sabe que existo. Una expresión del cuerpo robada a la razón.
Mi nimiedad me convierte en el triunfo de quien me descubre. La llave escondida que abre la puerta trasera de las emociones clandestinas. Puedo henchirme de ira y convertirme en la cloaca de las miserias, entonces sentirás miedo al verme nacer. Pero también puedo ser esa caricia que te adormece el alma, ese beso que te hace enloquecer, la sonrisa que te colma.
Soy la seña adorada por el amante. El trazo grabado en la memoria. El mapa del tesoro del pirata. Pero el día que el amor se va, quizás me convierto en el objeto del odio. El concentrado de todo lo aborrecido. La esencia de la tristeza o del hastío o de la decepción. La ruta que lleva a un cofre vacío que ya nadie quiere poseer.
Soy el reflejo de la pasión. La contraseña de la mente. El mensaje sin voz. Ya sabes, un fruncido en las comisuras de los labios. Un roce en el lóbulo derecho de la oreja. Un pellizco en las uñas. Sé que apenas me das importancia. No dejo de ser un gesto insignificante. Breve. Minúsculo. Casi invisible…
La prueba de tu humana vulnerabilidad.
A veces, apenas soy perceptible. Un refugio furtivo que mi dueño construye a toda prisa para ocultar un momento de incertidumbre o ahogar un bostezo delator. Quizás ni siquiera él sabe que existo. Una expresión del cuerpo robada a la razón.
Mi nimiedad me convierte en el triunfo de quien me descubre. La llave escondida que abre la puerta trasera de las emociones clandestinas. Puedo henchirme de ira y convertirme en la cloaca de las miserias, entonces sentirás miedo al verme nacer. Pero también puedo ser esa caricia que te adormece el alma, ese beso que te hace enloquecer, la sonrisa que te colma.
Soy la seña adorada por el amante. El trazo grabado en la memoria. El mapa del tesoro del pirata. Pero el día que el amor se va, quizás me convierto en el objeto del odio. El concentrado de todo lo aborrecido. La esencia de la tristeza o del hastío o de la decepción. La ruta que lleva a un cofre vacío que ya nadie quiere poseer.
Soy el reflejo de la pasión. La contraseña de la mente. El mensaje sin voz. Ya sabes, un fruncido en las comisuras de los labios. Un roce en el lóbulo derecho de la oreja. Un pellizco en las uñas. Sé que apenas me das importancia. No dejo de ser un gesto insignificante. Breve. Minúsculo. Casi invisible…
La prueba de tu humana vulnerabilidad.
sábado, 6 de marzo de 2010
Soy la celosa. La que en estos momento imagina que estás con otra y no soporta el dolor. Cuando llegues, oleré tu cuerpo, tu camisa, tus calzoncillos, buscando sus restos. En un momento de descuido, revisaré tu móvil. Si en el registro de llamadas hay un nombre de mujer, enloqueceré. Y, si no lo hay, tendré el convencimiento de que lo has borrado. Enloqueceré también. Trataré de no preguntarte. Pero sé que al final escupiré alguna sospecha. Tú te enfurecerás o callarás, harto de mi desconfianza, o quizás tratarás de borrar mis dudas con una caricia. Pero la rata que me come las entrañas no dormirá. Yo continuaré creyendo que me mientes, que ya no me amas, que hay otra a la que regalas tus besos y tus caricias, y seguiré volviéndome loca. Loca.
Sonríes a la nada. Pareces absorto. Ya no me amas. Ya no me deseas. Me visto para ti, adelgazo para ti, cocino para ti, pero hay alguna puta en la calle que te da más de lo que yo puedo darte. Hoy has tardado en devolverme la llamada. Cincuenta minutos. Cincuenta minutos en los que he llorado rabia. Dices que te ahogo con mis sospechas. Pero soy yo la que tiene la soga al cuello. Y, cuanto más te alejas, más ciñes el lazo. Me estrangulas con tu indiferencia. Tu silencio es la opresión que quiebra mi cuello. Los besos robados me están robando el aire. Ya no puedo respirar. No te vayas. Deja que me agarre a ti. Si me sueltas, moriré.
¡Ijjjj! ¡Ijjjj! Grita la rata. Y su chillido desesperado golpea mi cabeza. Trata de encontrar una salida y no la encuentra. Rasga mi vientre con sus uñas, muerde furiosa mi vagina y, ciega ella, ciega yo, seguimos enloqueciendo día a día. Juntas. Locas.
Sonríes a la nada. Pareces absorto. Ya no me amas. Ya no me deseas. Me visto para ti, adelgazo para ti, cocino para ti, pero hay alguna puta en la calle que te da más de lo que yo puedo darte. Hoy has tardado en devolverme la llamada. Cincuenta minutos. Cincuenta minutos en los que he llorado rabia. Dices que te ahogo con mis sospechas. Pero soy yo la que tiene la soga al cuello. Y, cuanto más te alejas, más ciñes el lazo. Me estrangulas con tu indiferencia. Tu silencio es la opresión que quiebra mi cuello. Los besos robados me están robando el aire. Ya no puedo respirar. No te vayas. Deja que me agarre a ti. Si me sueltas, moriré.
¡Ijjjj! ¡Ijjjj! Grita la rata. Y su chillido desesperado golpea mi cabeza. Trata de encontrar una salida y no la encuentra. Rasga mi vientre con sus uñas, muerde furiosa mi vagina y, ciega ella, ciega yo, seguimos enloqueciendo día a día. Juntas. Locas.
viernes, 26 de febrero de 2010
Soy la madre que viste a su hijo muerto. Un hombre. Mi niño.
Tranquilo, mi amor, ya te lavo, ya te cubro. No voy a dejar que nadie te toque. Yo te parí. Yo te entrego. Una caricia para tus cicatrices. Un beso para esos ojos que alguien ha cerrado. Un aliento para tu boca que dejó de comer por no poder hablar.
El frío de tu cuerpo me está calando en el alma, trata de decirme que ya estás lejos, pero yo no quiero escucharle. Aún no. Aún no me despido de ti.
Calcetines grises para estos pies que no querían zapatos. ¿Te acuerdas que de niño te daba un beso en cada pie cuando te despertaba? Era mi conjuro contra los malos pasos. Hace años que dejé de besártelos y el mal te ha devorado.
Calzoncillos blancos para cubrir el sexo que no dio frutos. No hay nietos en los que revivir tu sonrisa.
Una camisa blanca. Un traje oscuro. Una corbata. Ropas de difunto que no llevaste en vida. Ahora ya sé que no eres mío. Pero tampoco de ellos.
Hijo, estás muerto. Pero tu cadáver grita. Y a esta voz ya no hay muros que la lapiden ni golpes que la machaquen. Que la escuchen los traidores, porque los condena al silencio eterno. Ellos, tumores viejos que se agarran a sus poltronas del engaño. Salvadores del pueblo con el agua al cuello, que quieren mantenerse a flote agarrados a nuestro silencio y a nuestra ceguera.
Sí, hijo, has muerto. Pero a ti te llorarán por las calles. Cuando ellos lo hagan, brindaremos por su ausencia.
“Lo he acompañado antes de morir; lo vi muerto ya y ahora espero tener valor para vestirlo”. Madre de Orlando Zapata, preso político cubano muerto después de 85 días de huelga de hambre.
">http://wwwww.elpais.com/articulo/internacional/Ha/sido/asesinato/premeditado/elpepuintlat/20100224elpepuint_18/Tes
Tranquilo, mi amor, ya te lavo, ya te cubro. No voy a dejar que nadie te toque. Yo te parí. Yo te entrego. Una caricia para tus cicatrices. Un beso para esos ojos que alguien ha cerrado. Un aliento para tu boca que dejó de comer por no poder hablar.
El frío de tu cuerpo me está calando en el alma, trata de decirme que ya estás lejos, pero yo no quiero escucharle. Aún no. Aún no me despido de ti.
Calcetines grises para estos pies que no querían zapatos. ¿Te acuerdas que de niño te daba un beso en cada pie cuando te despertaba? Era mi conjuro contra los malos pasos. Hace años que dejé de besártelos y el mal te ha devorado.
Calzoncillos blancos para cubrir el sexo que no dio frutos. No hay nietos en los que revivir tu sonrisa.
Una camisa blanca. Un traje oscuro. Una corbata. Ropas de difunto que no llevaste en vida. Ahora ya sé que no eres mío. Pero tampoco de ellos.
Hijo, estás muerto. Pero tu cadáver grita. Y a esta voz ya no hay muros que la lapiden ni golpes que la machaquen. Que la escuchen los traidores, porque los condena al silencio eterno. Ellos, tumores viejos que se agarran a sus poltronas del engaño. Salvadores del pueblo con el agua al cuello, que quieren mantenerse a flote agarrados a nuestro silencio y a nuestra ceguera.
Sí, hijo, has muerto. Pero a ti te llorarán por las calles. Cuando ellos lo hagan, brindaremos por su ausencia.
“Lo he acompañado antes de morir; lo vi muerto ya y ahora espero tener valor para vestirlo”. Madre de Orlando Zapata, preso político cubano muerto después de 85 días de huelga de hambre.
">http://wwwww.elpais.com/articulo/internacional/Ha/sido/asesinato/premeditado/elpepuintlat/20100224elpepuint_18/Tes
domingo, 21 de febrero de 2010
lunes, 8 de febrero de 2010
Soy la palabra de un escritor muerto. Él se ha ido, yo permanezco. Viva para toda la eternidad. Ahora soy yo su voz, su única voz, su cuerpo incorrupto, el único vestigio de toda su existencia. De nuevo, el tiempo ha colocado a cada uno en su lugar. Para él, el silencio. Para mí, la inmortalidad. Como siempre, he vencido.
¡Pobre incauto! Igual que todos, creyó que me poseía. Pasaba sus horas buscándome, soñándome, adorándome. Jugaba conmigo consciente de mi valor. Sabía que yo era capaz de conjurar emociones, de provocar dolor, pasión, amor u odio. Conmigo creó mundos que competían con la realidad. Liberó soledades, expulsó demonios y volcó sus deseos. Ingenuo, creyó que yo era su instrumento, sin percatarse de quién movía los hilos de su creación.
Ahora ya no está. Y ha llegado el momento de buscar a otro necio engreído que quiera jugar a ser dios. Me emboscaré entre su ambición y su temeridad. Le atraparé con el dulce compás de mi cadencia, me convertiré en su obsesión y le rendiré para siempre con la adulación de un lector.
Son pocos los que llegan a comprender que han acabado sometidos a su esclava. Algunos, repentinamente conscientes de mi poder, prefieren guardarme para ellos solos durante el resto de su vida, temiendo que en cualquier momento decida abandonarles por alguien más joven o más sabio o más provocativo. Otros prefieren exhibirme sin pudor y revolcarse en el pozo de adulación. Los hay discretos, temerosos al escogerme; otros son descuidados, irresponsables, estúpidos con tanta prisa por triunfar que ni siquiera saben utilizarme y me lanzan como unos dados en el tapete de su codicia.
Aún no sé por quién decidirme. Esta vez quizás busque a alguien nuevo, desprevenido… No hay nada como colarse entre la mirada ávida de un lector.
¡Pobre incauto! Igual que todos, creyó que me poseía. Pasaba sus horas buscándome, soñándome, adorándome. Jugaba conmigo consciente de mi valor. Sabía que yo era capaz de conjurar emociones, de provocar dolor, pasión, amor u odio. Conmigo creó mundos que competían con la realidad. Liberó soledades, expulsó demonios y volcó sus deseos. Ingenuo, creyó que yo era su instrumento, sin percatarse de quién movía los hilos de su creación.
Ahora ya no está. Y ha llegado el momento de buscar a otro necio engreído que quiera jugar a ser dios. Me emboscaré entre su ambición y su temeridad. Le atraparé con el dulce compás de mi cadencia, me convertiré en su obsesión y le rendiré para siempre con la adulación de un lector.
Son pocos los que llegan a comprender que han acabado sometidos a su esclava. Algunos, repentinamente conscientes de mi poder, prefieren guardarme para ellos solos durante el resto de su vida, temiendo que en cualquier momento decida abandonarles por alguien más joven o más sabio o más provocativo. Otros prefieren exhibirme sin pudor y revolcarse en el pozo de adulación. Los hay discretos, temerosos al escogerme; otros son descuidados, irresponsables, estúpidos con tanta prisa por triunfar que ni siquiera saben utilizarme y me lanzan como unos dados en el tapete de su codicia.
Aún no sé por quién decidirme. Esta vez quizás busque a alguien nuevo, desprevenido… No hay nada como colarse entre la mirada ávida de un lector.
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