domingo, 2 de mayo de 2010

Soy los pasos perdidos de la calle que pisas.


La huella invisible del pasado. Tu destino de mañana.
Dame un beso, le reclama el enamorado a la chica que, entre risas, simula escaparse.
¿Y si no voy?, imagina el ejecutivo con ojeras.
De ella me podría enamorar, piensa él al cruzarse con esa mirada transparente.
Y de ella debería desenamorarme, se tortura el amante que teme dar la mano a su amada.
Qué no me despidan, ruega la mujer del parado que llega tarde.
Esta falda me queda corta, calcula ella cuando se ve reflejada en el descaro de una mirada.
Espérame aquí, le dijo. Y ya acumula una vida de retraso.
¿En qué banco duermo hoy?, se pregunta el hombre del carrito.
Si las líneas del paso cebra son pares, ganaremos, imagina el deportista supersticioso.
Qué viejo está, se entristece la anciana al contemplar el caminar renco del hombre que tanto amó.
Aquella primavera, las calles de Sevilla también olían a flor de azahar.
En este portal el amor se vistió de urgencia, rememora la que ya no es joven.
No quiero ir, se lamenta el niño que come demasiado.
Hola, ríe ella en su primera cita.
Adiós, llora cuando él se va.
Podría irme y empezar de nuevo, se reta el que ya lo perdió todo.
Un beso. Sólo uno. El último. Y ya después me voy.

3 comentarios:

  1. Maravilloso, como siempre! Un placer leer estos pequeños oasis en medio de este duro desierto.

    Saludos,

    Eva

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  2. Es perfecto. Me encanta solo la idea de imaginar cómo describir unas migajas de lo que pasa a tu alrededor y lo entrelazas en un solo párrafo y con punto y final.

    Acabo de leer el artículo que se ha publicado hoy en EL PAÍS, La muerte al otro lado de la puerta y he visto la dirección del blog y he acabado aquí. Fantástico,

    Andrea

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  3. Muchísimas gracias, Andrea. Bienvenida al blog. Un abrazo.

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